a quien le sirva...



Durante varios siglos, a través de muchas dinastías, un pueblo se conoció por su exquisita y frágil porcelana.
Especialmente sorprendentes jarrones: tan altos como mesas, tan anchos como sillas, eran admirados en todo el mundo por sus acentuadas formas y su delicada belleza.
La leyenda dice que cuando cada jarrón era terminado, había un paso final. El artista lo quebraba, y luego lo componía uniendo cuidadosamente cada pieza con filigrana de oro.
Un jarrón común era luego transformado en una inapreciable obra de arte. Lo que parecía terminado no lo estaba... hasta que lo rompían y con paciencia y tenacidad lo reconstruían de nuevo.
Alberto Dardayrol.

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